Y “la carne se hizo verbo”

Y la carne se hizo verbo

 

¡Dime Mujer! cómo poderte asirte, hacer tangible

el relieve que cincela tú intima carnalidad, al tiempo que

contorneo, extraigo,  la forma sutil que te eleva a  Musa;

cómo gozarte a flor de piel y beber con toda mi alma

El aura líquida de tu centelleante tersura.

 

Si en esta travesía por el desierto me armara caballero

sería portando por único elixir el cántico de  “cantimplorarte”

para no deshacer el espejismo  de tu presencia,

el cristal por donde mi mirada repara en

el irreparable agujero de tu pura ausencia.

 

Recorro el mapa de tu cuerpo de pies a cabeza,

de tus labios a tus senos tomo la savia que irrigas

proporcionándome  un tan  inspirado deleite

que me demoro en el divino detalle de esculpir tus sinuosas caderas

y escribir con dedos ciegos en tus cóncavas sombras

lenguas de luz cuyo resplandeciente goce es la estela

inapresable que deja en su nadar  el pez en el agua.

 

Hoy escribo este poema con mis uñas y dientes

queriendo en vano tatuar tu alma en flor.

Es mi singular modo de atrapar un resto de ti

y hacer que seamos piel y carne.

 

Sabemos que lo  sólido está destinado a desparecer,

hoy el mundo se inaugura contigo  y “la carne se hizo verbo”.

Es bebiendo en tu valle de líquida luz,  sede de mi agónica locura,

como voy  apaciguando mi sed, y si  acaso  la oscura dentellada

viniera  a darme alcance, sería el  relampagueante signo

que iluminara  mi vida caída con gloria en su celada.

(J. Porro. 2-8-16. Poema 25)

 

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