Navegando por tu profunda superficie

Navegando por tu profunda superficie

 

Hay poemas que se escriben sin saber,

o sabiendo que cierran en falso una herida.

Y otros llevan en su entraña un “ritornello”

que respiran y beben en la enigmática,

extraña fuente,  del escribir sobre

eso que no se inscribe, herida abierta en verdad

que no se deja cauterizar y permanece  “siempreviva”.

 

Allí en el confín donde el existir de la Mujer,

se diluye en el sin fin, el  sin límite

de su evanescente apariencia,

allí donde tras rasgar el último velo

queda solo el redondel quemado de la nada

o el agujero de su continente oscuro;

ahí descubrí tu alma de centellante luz

e hice entrega en contingente inconsciencia

de mi cuerpo y alma izados hasta cegar mis ojos,

hasta hundir mis  oídos y caer a manos llenas,

como incansables yemas deleitándose en tu piel,

y auscultando tu  profunda superficie.

 

Estas palabras que hoy respiran por mi herida

vuelan a pleno  pulmón y pluma abierta

cuando mi alma queda por ti,  en ti sub-vertida,

te arañan, te acarician y  nombran

en ese instante eterno donde mi existencia

no siempre cauta se caracteriza.

(Poema 26. 26-8-16. J. Porro)

 

Y “la carne se hizo verbo”

Y la carne se hizo verbo

 

¡Dime Mujer! cómo poderte asirte, hacer tangible

el relieve que cincela tú intima carnalidad, al tiempo que

contorneo, extraigo,  la forma sutil que te eleva a  Musa;

cómo gozarte a flor de piel y beber con toda mi alma

El aura líquida de tu centelleante tersura.

 

Si en esta travesía por el desierto me armara caballero

sería portando por único elixir el cántico de  “cantimplorarte”

para no deshacer el espejismo  de tu presencia,

el cristal por donde mi mirada repara en

el irreparable agujero de tu pura ausencia.

 

Recorro el mapa de tu cuerpo de pies a cabeza,

de tus labios a tus senos tomo la savia que irrigas

proporcionándome  un tan  inspirado deleite

que me demoro en el divino detalle de esculpir tus sinuosas caderas

y escribir con dedos ciegos en tus cóncavas sombras

lenguas de luz cuyo resplandeciente goce es la estela

inapresable que deja en su nadar  el pez en el agua.

 

Hoy escribo este poema con mis uñas y dientes

queriendo en vano tatuar tu alma en flor.

Es mi singular modo de atrapar un resto de ti

y hacer que seamos piel y carne.

 

Sabemos que lo  sólido está destinado a desparecer,

hoy el mundo se inaugura contigo  y “la carne se hizo verbo”.

Es bebiendo en tu valle de líquida luz,  sede de mi agónica locura,

como voy  apaciguando mi sed, y si  acaso  la oscura dentellada

viniera  a darme alcance, sería el  relampagueante signo

que iluminara  mi vida caída con gloria en su celada.

(J. Porro. 2-8-16. Poema 25)