Prologo de Hebe Tizio al libro de A. Aichhorn “Juventud desamparada”. (Comentario)

Seminario “el Niño difícil”.

 Prologo de Hebe Tizio al libro de A. Aichhorn “Juventud desamparada”. (Comentario)

El prólogo de H. Tizio en torno al término “desamparado” que nos dice remite tanto a un lugar como a un sujeto que  no ha contado  con el cuidado, con la preocupación del Otro. De ahí el estado de abandono en el que se halla. No  es algo que haga el sujeto sino que se trata de los efectos que la acción del Otro tiene sobre él, por eso se halla en una situación de desamparo.  Aichhorn no reduce los problemas  que evidencian los adolescentes a los determinantes sociales existentes, sino que se centra en la relación con el Otro y en los efectos que esto tiene sobre la regulación pulsional del sujeto.

Tenemos pues un sujeto, niño o adolescente, que está regido por un lado por una vertiente pulsional o de goce que constituye un resto irreductible e ineducable y que por tanto siempre va a comportar un enigma, una incertidumbre para el educador en la medida que nunca va a saber ni el cómo, ni el cuándo,  ni el por qué el sujeto aprende lo que aprende  o por el contrario puede instalarse en una posición dónde no acepta, ni consiente estar  en una posición de querer aprender o desear saber.

De ahí, que podamos situar el educar como una tercera profesión imposible junto al gobernar y el analizar, en la medida que al igual que el “furor sanandis” del analista tiene un efecto contrario en la cura, el “furor enseñandis” del educador va a chocar con la abulia o el aburrimiento del alumno de no dejarse enseñar.

Al hablar de “furor” hablamos de un exceso, de un goce, de una intervención que no está regulada, precisamente por los adultos, sean padres, educadores, o cualquier Otro que debiera ocupar  para el niño, adolescente, un lugar simbólico.  Si en estos últimos encontramos un problema con lo pulsional, es porque precisamente  “han conocido los excesos del Otro que van desde el maltrato hasta la sobreprotección,  la despreocupación y el abandono.

Freud advertía en su prefacio de 1913, “el educador no puede intentar plasmar la vida psíquica de acuerdo con sus propios ideales, sino que debe tratar de respetar la particularidad del sujeto y lo más particular del sujeto es su modalidad de goce”.

En la “conferencia XXXIV”  de 1933 Freud manifiesta que la educación se halla en delicado equilibrio entre permitir y prohibir, debiendo contar siempre con el poder pulsional.  Y en el malestar de la cultura retoma el estudio de Aichhorn y nos habla de métodos patógenos en educación: la severidad excesiva y la falta de límites, con  las consiguientes dificultades para manejar la agresividad hacia el exterior o hacia sí mismo.

La institución donde trabajaba Aichhorn con adolescentes educaba en el cuidado de la palabra frente a la emergencia pulsional  para intentar transformarla en síntoma. Se trataba de capacitar al educador para pasar del acto transgresor al acto educativo.

Tomamos siempre la pista de lo pulsional. El ser humano es un ser asocial porque exige una satisfacción pulsional directa sin preocuparse por los demás.  La función de la educación sería el conducir desde un estado asocial a uno social, lo que implica su regulación pulsional. El proceso civilizador implica renuncias que a veces no se aceptan.

Pero la educación tiene poco que ofrecer cuando la regulación pulsional no se realiza. Por esto Aichhorn se define como un educador cuyo trabajo comienza cuando la educación fracasa y es allí donde el psicoanálisis haría su aportación.

El educador debe saber que se encuentra con un fenómeno imposible de eliminar: la falta de armonía en las relaciones. Ello implica aceptar que siempre hay conflicto, por lo que entonces se trata de utilizarlo educativamente.

Aichhorn trabaja para ayudar a formalizar un síntoma en sujetos que en principio no sienten malestar por su conducta. Por lo tanto deberá producir la confianza necesaria para que el sujeto consienta el acto educativo. Se trataría de utilizar las situaciones favorables, y si no existen, crearlas para tratar de modificar algo de la repetición. Es interesante ver como Aichhorn construye el lugar del Otro cuando el sujeto parece no creer en su ayuda.

Como se puede ver, el desamparo, en este caso, tiene que ver con la dificultad del Otro para ejercer de autoridad, lo que deja al sujeto librado a su capricho.

Si nos mantenemos firmes en el principio psicoanálitico de que “no hay sujeto sin Otro” “no hay adolescente sin Otro” sin padres, profesores o tutores, la institución o el analista, la posición de los adultos que puedan investirse con la función del Otro adquieren una relevancia fundamental respecto al sujeto que se encuentra  o bien con la posibilidad de entablar una relación dialéctica con el Otro, o por el contrario en una ruptura con él, en una vivencia de ser abandonado a su suerte, desamparado en su desconcierto ante lo que le toca vivir. (Vilma Coccoz).

 

                                                              Extracto del prólogo de Hebe Tizio realizado por Javier Porro

                                                                                                                                                        (12-3-13)

 

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